Las personas oímos porque, a lo largo de la evolución, la posesión del sentido del oído nos ha ayudado a nuestra supervivencia. Al igual que otros mamíferos, el sentido del oído nos ha servido durante miles de años para cazar y evitar ser cazados. Gracias al oído, podemos identificar los peligros u objetivos, primero identificando su posición en el espacio y después clasificándolos (averiguando el tipo de animal o cosa que genera el ruido). Además, hemos conseguido hacer estas dos cosas con una precisión extraordinariamente buena, tanta, que a día de hoy resulta difícil emular esta capacidad de localización y clasificación mediante métodos de ingeniería. Sin embargo, los humanos, no somos los mejores animales en la Tierra en estos dos aspectos de la audición.

En capacidad de detección y localización hay muchos animales que nos superan, tanto aves (el búho) como mamíferos (los felinos, los perros, etc). La sensibilidad del oído de un perro es cuatro veces superior a la de un humano y su margen de frecuencias se extiende hasta los 40 kHz. Además, pueden mover sus dos orejas independientemente para mejorar la localización. Los búhos, que subidos a los árboles esperan las sus presas que circulan por el suelo, tienen un mecanismo de localización en elevación mucho más preciso que otros animales.

El órgano del oído, como tal, no es más que un transductor, cuyas prestaciones varían entre especies. El mismo está conectado con una parte del cerebro, que se encarga de interpretar las señales. Esta capacidad de interpretación se desarrolla durante el crecimiento y el aprendizaje hasta alcanzar una madurez. Por ejemplo, en los humanos, sabemos que la capacidad de localización de los sonidos no aparece hasta que el bebé tiene cinco meses de vida. Sin embargo, una vez consolidados, estos aprendizajes básicos se quedan fuertemente grabados en el cerebro y su funcionamiento no requiere de una reflexión. Cuando un animal o humano detecta un peligro por un sonido, el cerebro descarga automáticamente en el torrente sanguíneo una carga de adrenalina que nos pone en situación de emergencia. Estos actos reflejos constituyen las funciones de supervivencia del sistema auditivo humano.

Un segundo uso más avanzado del oído en la historia de la evolución es el de la comunicación. Este uso tampoco es exclusivo de los humanos, y aparece en la naturaleza generalmente entre animales de la misma especie. Tenemos que tener en cuenta, que el oído no es el único mecanismo utilizado por los animales para la comunicación, coexiste y muchas veces se complementa con la comunicación visual, táctil y olfativa. La sofisticación en la comunicación mediante el sonido varía entre especies y está muy condicionada por los órganos de que dispone cada especie para generar dichos sonidos y por su desarrollo cerebral. El lenguaje sonoro de los animales es muy simple y se limita a una transmitir unos estímulos simples a sus semejantes como reacción a una situación externa (reconocerse, cazar, avisarse de peligros, mostrar afecto o enemistad). Este lenguaje es generalmente instintivo y no aprendido, al contrario que el lenguaje articulado y aprendido de los humanos, capaz de transmitir informaciones mucho más sofisticadas, gracias a nuestra mayor inteligencia y gracias a ser el único mamífero con la laringe descendida lo suficiente como para poder producir esta riqueza articulatoria. Hasta los 18 meses la laringe de un bebé no ha descendido lo suficiente como para poder articular bien todos los sonidos.

Como-funciona-el-sentido-del-oido Por último, los humanos hacemos un tercer uso del oído que es exclusivo y que no se comparte con otros animales. Es el sonido como medio de transmisión de lo que podríamos llamar ocio, placer o arte en función del grado (siempre subjetivo) de sofisticación que encierre el material sonoro. Este tercer uso, inútil para la supervivencia y muy diferente al propósito de comunicación del lenguaje hablado, es lo que conocemos como “música”, entendida en sentido amplio como toda expresión sonora, melódica o no, cuyo único propósito es entretener o dar placer al cerebro. El campo de la música es sin duda complejo y sofisticado, despierta muchas pasiones en la sociedad actual a la vez que mueve un importante volumen de negocio dentro de la industria del entretenimiento, ya sea sola o acompañando a la imagen, como en el cine y la televisión.

Esta clasificación de los usos del oído, además de aportar un punto de vista biológico y evolutivo de este sentido, nos va a ayudar en el proceso de desarrollo de los sistemas de sonido de cualquier tipo o propósito. Si tenemos presente los datos clave de esta descripción y sabemos asociarlos al  proceso de investigación, desarrollo o ingeniería, nuestros objetivos estarán siempre más claros, más relacionados con el ser humano al que van dirigidos y sabremos aprovechar e integrar conceptos de otras disciplinas en la ingeniería de sonido.

 

ReferenciasMáximo Cobos y Jose Javier Lopez – Web personal